El tiempo no pasa

Comercios emblemáticos de Valencia se han mantenido en pie durante décadas; libros, piezas de decoración, atención personalizada y abanicos artesanales son los valores que destacan en estos negocios.

El Asilo del Libro en El Mercat

Antonio Lorenzo, propietario de la librería El Asilo del Libro en El Mercat. BIEL ALIÑO

Son pocos los comercios emblemáticos que quedan en la ciudad de Valencia. Sostener un negocio durante más de 30 años no resulta tarea fácil. Los cambios en la sociedad, la crisis o las bajadas y subidas de las ventas hacen inestable la perdurabilidad de aquellos comercios que nacieron en otro tiempo.

Una librería, una antigua fábrica que ahora es una tienda-museo de decoración, una farmacia y un negocio de abanicos son algunos de los locales más representativos de la capital del Túria.

Las necesidades para mantenerse varían y las nuevas tecnologías a veces ayudan pero otras veces dificultan la labor de seguir al pie del cañón. Lo que todos reconocen es que el valor de su trabajo reside en la respuesta que reciben de su clientela.

Farmacia Colomer Tena en L'Eixample

Laura Colomer Tena, heredera de la Farmacia Colomer Tena en L’Eixample. BIEL ALIÑO

«Nosotros somos una farmacia de siempre, al estar toda la vida los clientes son como familia», explica Laura Colomer Tena, tercera generación al mando de la “Farmacia Tena”. Un negocio que inauguró su abuelo hace 87 años: «Cuando empezó había un mostrador alto de madera para dispensar la formulación, no había nada de exposición porque en aquella época los medicamentos los hacía él, era todo laboratorio».

La elaboración propia también originó “Mariner”, un comercio especializado en decoración de interiores desde hace 124 años. «El fundador fue Enrique Mariner, trabajaba con bronce y empezó a hacer cosas con orfebrería, tenía su taller pero quería crecer», cuenta Pilar Estellés, encargada de la tienda y añade: «Esto era huerta, nació la fábrica y en la planta baja se necesitaba una zona más noble para reuniones, clientes y para presentar el producto» y así fue, al trasladar la fábrica a las afueras, el edificio inicial quedó como una tienda-museo con toda la producción. “Mariner” cuenta con un marco de actuación muy amplio: «Valoramos mucho que en todas las zonas geográficas se piense en nosotros como algo distinguido».

Mariner en el barrio de Patraix

Pilar Estellés, encargada de Mariner en el barrio de Patraix. BIEL ALIÑO

Diferente es la historia de “El Asilo del Libro”, la librería que creó Antonio Lorenzo en 1980. Un estudiante de ciencias apasionado de las letras: «Al terminar la carrera monté una pequeña librería, como tenía nociones de ciencias, sabía distinguir una primera edición de un matemático o un físico y comencé por ahí, empezó a llenarme mucho». «Es un negocio que simplemente te tiene que gustar, lo sientes, se te va creando un sexto sentido que te permite ver lo que es raro, lo que puede tener un cierto interés», asegura el propietario.

En el caso de uno de los productos típicos valencianos, los abanicos artesanos, la permanencia se complica cuando aparece la importación. «Nos hemos dedicado siempre al abanico de una gama media-alta, nos ha ido bien, a los clientes los continuas teniendo y eso pasa de generación en generación», señala Guillermo Carbonell, heredero de “Abanicos Carbonell”. Un negocio que desde 1864 funciona bien para quien busca calidad, «un poco de diseño, de dibujo, formas o que diga algo».

Abanicos Carbonell en L'Eixample

Guillermo Carbonell, propietario de Abanicos Carbonell en L’Eixample. BIEL ALIÑO

Pero lo que hace mantenerse a los comercios emblemáticos son sus elementos y valores. Laura C. Tena subraya que es «la atención personalizada». «Conocemos la clientela y siempre queremos hacer cosas para estar al día y que la gente se cuide, se preocupe», recalca. Pilar Estellés afirma que en el caso de “Mariner”: «Tenemos piezas en catálogo que tienen un posicionamiento, los clientes lo ven y saben que son nuestras».

El elemento que destacan desde ‘El Asilo del Libro’ es «el conjunto, la librería da sabor por todo lo que hay» y concluye: «En realidad esto del libro antiguo se está convirtiendo en el cariño verdadero, que ni se compra ni se vende pero siempre hay un resquicio»,

Guillermo Carbonell considera que el valor de su comercio reside en que «todos los abanicos están hechos en mi casa, tengo cerca de 2000 modelos diferentes, la gente cree que es un museo».

Fuente: Sara Lerida Santos | El Mundo

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